sábado, 23 de diciembre de 2006
11. Soldadito Marinero
Creo que es la canción que mejor describe tus grandes "hazañas". En tu vida apareció la sirena de la cartera llena. Te costó, pero me reconociste que no era la mujer de tu vida. La mujer de tu vida, mal que acabara pesándote, era la que ambos conocimos. Me alegro de que te dieras cuenta, aunque ya no importara a efectos prácticos. A efectos íntimos sí que importó. Al menos a mí.
No pienso mostrar tu perfil más amargo ni tu cara más dulce. Un año después echo de menos las dos partes. Las llamadas rápidas y cargadas de estrés de alguien que no tiene tiempo libre apenas, y que aprovecha que está en la ciudad para hablar con su hijo. Quedadas en los lugares donde nunca pensé que entrarías conmigo. Recuerdo el día que fuimos a ese restaurante y nos apostamos que no serías capaz de llevarte el abrecorchos.
No volví a apostar nada contra ti. So kinki.
Tampoco quiero mostrar que todo fue maravilloso, porque nos lo hiciste pasar realmente mal. Hay quien todavía no te lo perdona, aunque ahora eso tampoco importe. A nivel íntimo, hay a quien sí. En este caso, a mí no. Sé que tú también lo pasabas mal.
Si tengo que decir algo que me enseñaste... perdona que sea malo y tarde en seleccionar, reconóceme que no hay mucho donde elegir... Si tuviera que decir algo que me enseñaste, lo enlazaría con lo que dice la canción: "Después de un invierno malo, una mala primavera". Tú no lo pensabas así, pensabas que cada cual puede pintar sus primaveras del color que quiera. Aunque las circunstancias apaguen o ennegrezcan a veces nuestra paleta personal.
Era elegir entre eso y cuando me explicaste cómo se hacía la regla de tres. Prefiero quedarme con la enseñanza de los colores. Así, cuando me digan que me parezco a ti, no me lo tomaré a mal. No podría, después de compartir los últimos meses contigo. Cambiaron toda percepción sobre las cosas que yo pudiera tener. También cambiaba tu percepción, y eso te honra.
Descansa en paz, marinero. Nos vemos en los bares, buscando sirenas. Hasta la vista, Al-Mirante. El que todo lo mira.
domingo, 10 de diciembre de 2006
10. ¿Cómo se hace?
Tendrás que perdonarme otra vez. De nuevo volví a ser un despiste y no posteé tu entrada. Ni por ser más ni por ser menos. Hace ya tiempo escribí sobre ti, sobre mi único hermano, aquél que me recuerda que existe el género masculino entre tanta bella mujer que me rodea.
Siempre tuve el convencimiento de que llegarás donde quieras llegar. No te daba la nota y lo volviste a intentar. Querías hacer Medicina, y ahí estás. No deja de ser curioso, ya que de pequeño pedías a gritos una sábana para tapar el más mínimo corte. La sangre, que tiene ese color tan llamativo, te mareaba. Y ahora ya ves, adicto a las series de forenses y hablando con la peque de cosas raras que sólo entendéis futuros doctores y futuras enfermeras.
Ella desde siempre supo pasar por encima de tus defensas. La peque. Ella ahora te ve y lo pasa muy mal. Dice que hace poco tú te sentabas a su lado y le exigías que te escuchara porque tenías cosas que contarle. Ella se agobiaba y te mandaba a paseo. Está triste porque ahora ya no tiene oportunidad de mandarte a paseo. Está triste porque ya no te acercas a ella. Ni a la tramposa que hace puzzles del revés. Ni a mí. Te nos alejas.
Y yo no sé cómo se hace eso de entrarte dentro del alma. Soy muy torpe y necesito que me enseñes. No sé cómo se hace eso de hacerte sentir importante para mí. Lo has sido siempre, lo eres ahora. Y si no estás bien, infinitamente más. No sé cómo lo hacen aquellos en los que confías, aquellos a los que te abres. Me gustaría ser uno de ellos y no para cotillear ni echarte cosas en cara, sino porque me importas. No sé cómo hacer para estar cerca de ti. Tú no estás cerca de mí, sino que siempre estuviste dentro de mí, aunque no lo sabes. Me dueles, hermanito.
De tanto cariño, dueles. Y no sé cómo se hace para cambiar lágrimas por sonrisas esta vez. Ayúdame. Prometo no rendirme contigo. Prometo dejarme ayudar para ayudarte. Prometo confiar en el milagro.
Siempre tuve el convencimiento de que llegarás donde quieras llegar. No te daba la nota y lo volviste a intentar. Querías hacer Medicina, y ahí estás. No deja de ser curioso, ya que de pequeño pedías a gritos una sábana para tapar el más mínimo corte. La sangre, que tiene ese color tan llamativo, te mareaba. Y ahora ya ves, adicto a las series de forenses y hablando con la peque de cosas raras que sólo entendéis futuros doctores y futuras enfermeras.
Ella desde siempre supo pasar por encima de tus defensas. La peque. Ella ahora te ve y lo pasa muy mal. Dice que hace poco tú te sentabas a su lado y le exigías que te escuchara porque tenías cosas que contarle. Ella se agobiaba y te mandaba a paseo. Está triste porque ahora ya no tiene oportunidad de mandarte a paseo. Está triste porque ya no te acercas a ella. Ni a la tramposa que hace puzzles del revés. Ni a mí. Te nos alejas.
Y yo no sé cómo se hace eso de entrarte dentro del alma. Soy muy torpe y necesito que me enseñes. No sé cómo se hace eso de hacerte sentir importante para mí. Lo has sido siempre, lo eres ahora. Y si no estás bien, infinitamente más. No sé cómo lo hacen aquellos en los que confías, aquellos a los que te abres. Me gustaría ser uno de ellos y no para cotillear ni echarte cosas en cara, sino porque me importas. No sé cómo hacer para estar cerca de ti. Tú no estás cerca de mí, sino que siempre estuviste dentro de mí, aunque no lo sabes. Me dueles, hermanito.
De tanto cariño, dueles. Y no sé cómo se hace para cambiar lágrimas por sonrisas esta vez. Ayúdame. Prometo no rendirme contigo. Prometo dejarme ayudar para ayudarte. Prometo confiar en el milagro.
jueves, 30 de noviembre de 2006
9. La Ciudad sin Ley
Esta historia narra hechos tristemente verídicos. Cualquier parecido con la realidad es pura verdad.
Ocurrió una fría mañana de otoño. A las seis de la mañana suena mi despertador, indicándome el nuevo día que debo atacar. Sin pensarlo, me levanto de la cama. De haberlo pensado, aún seguiría acostado. Raudo y veloz me preparo para coger el primer autobús del día, que hace de enlace para coger el autobús que realmente necesito para llegar a la "Ciudad sin Ley". El bus que me lleva hacia mi destino, hacia un lugar del norte de cuyo nombre no quiero acordarme.
Tenía una cita ineludible a las ocho y media, y una intranquilidad creciente ya que no sabía si llegaría a tiempo. Las distancias en Madrid son tan engañosas... Pero sí, la primera etapa del camino se cumplió con celeridad. Demasiada, ya que al bajarme del primer autobús aún tuve que esperar media hora hasta que llegó el que me llevaría a Nunca Jamás. Ojalá que nunca jamás ocurra algo como lo que ocurrió allí.
Una vez llega el autobús, el segundo del día, el definitivo, me preparo para un viaje de media hora cuando aún es noche cerrada. No se ve nada más que el trazo de carretera iluminado por las luces cortas. Nada a la derecha, nada a la izquierda. Sólo una profunda oscuridad mientras recorremos una carretera que serpentea descampados. Ninguna luz de ciudad alrededor. A la media hora ya se vislumbran las luces de las farolas de la Ciudad sin Ley, y me preparo para finalizar la segunda parte de mi recorrido en tiempo récord: una hora de adelanto sobre el horario estipulado. Ahora, mi siguiente misión es encontrar el punto exacto de reunión.
Me las prometía muy felices, pero no hay nadie a quien pueda preguntar dónde queda el "Lugar X". Ni un ruido por las calles, ni siquiera los ladridos de los perros que despierten al vecindario. Nada por aquí, nada por allá, ¿dónde está la gente? ¿Dónde está mi tercera y definitiva parada? Intuitivamente subo una cuesta siguiendo la estela de las farolas. Es una calle que no hace más que subir hasta que al final quedo de frente ante un descampado que vuelve a dejarme a oscuras. Durante el camino oigo pasos detrás de mí, pero ninguna silueta. Lejos de asustarme, estoy ebrio de ganas de encontrarme un rostro humano a quien preguntar indicaciones. Pero no hay suerte.
A lo mejos oigo ruido de coches, y allá que me dirijo. Es una carretera de doble sentido, con varios carriles, y enfrente un par de edificios que pueden ser lo que estaba buscando. Pero, ¿cómo hago para cruzar la carretera? Tras diez minutos caminando por el barro de un parque para no adentrarme en la carretera, encuentro una pasarela. El viento azuza con ganas, pero no hay otra forma de cruzar. Y sí, los edificios son mi lugar de encuentro. Al llegar con tanto tiempo de adelanto, las puertas no se abren y toca esperar.
A una hora (más) prudencial vuelvo a llamar a la puerta, titiritando de frío. Lejos de escuchar únicamente el ruido de la apertura de puertas, al celador se le escapa un "Joder, ya dando el coñazo tan pronto por la mañana". El Jefe de Estudios sale a "recibirme" como un jefe indio a un rostro pálido. Según él, yo debería haber ido a trabajar el lunes, hoy estamos a jueves y es cuando aparezco. Lógicamente, su cara no transmite un derroche de alegría. Pero voy armado y soy peligroso: mis papeles de la baja médica aseguran que yo no debería estar allí y que nuestro duelo no tiene ningún sentido. Hoy no, Jerónimo.
Sin embargo, el gran jefe indio, sin previo aviso, me pone unos cuantos libros de texto en los brazos y con gestos que en su tribu serán normales, me dice que entre en clase, que los chavales me están esperando. Pero yo sé que no debo estar allí. Sé que no debo entrar en clase. Sé que no debo trabajar. Pero allá que voy, allá que entro en clase pero me niego a explicar ni a presentarme. Actúo como un profesor de guardia cualquiera, cuidando de que el rebaño de adolescentes no monte escándalo en esa hora. Así hasta la última hora de la jornada. ¿Objeción de conciencia? ¿Tocapelotamiento? ¿Soy mala persona?
Tras escuchar lindezas como que me estoy aprovechando del Estado, que voy de sobrado, que para estar así mejor no ser profesor, que no valgo... tras el consiguiente rebote que me hizo contestar verduleramente... tras presentar los papeles de una baja médica que ellos obvian completamente... mañana toca volver a la Ciudad sin Ley. ¿Será el último día? ¿Pese a estar en un lugar con leyes propias, acabarán aceptando que una baja laboral es una baja laboral? ¿Tendré que volver a apatrullar las aulas? Si vuelven a obligarme a ello, iré pensando en poner una demanda. No es justo que jueguen con uno de esta forma. No es justo que le hagan sentir un bicho, una mala persona sin tener culpa alguna. No es justo tener que estar así de pendiente del puesto de trabajo (aunque sea de interino), dado que si te pones malo, con o sin papeles de baja, quieren borrarte de los listados. Borrarte del mapa.
Pero mañana volveré a ir armado. Con los libros, para dejarlos allí para siempre. Con los papeles nuevos de mi médico, que también se ha agarrado un cabreo de impresión. Y con espuelas. Mañana no me torean. Mañana seré yo quien meta a Jerónimo en la marmita. El rostro pálido saldrá airoso de la Ciudad sin Ley. Porque la Ley es para todos, incluso para los jefes indios malhablados.
Ocurrió una fría mañana de otoño. A las seis de la mañana suena mi despertador, indicándome el nuevo día que debo atacar. Sin pensarlo, me levanto de la cama. De haberlo pensado, aún seguiría acostado. Raudo y veloz me preparo para coger el primer autobús del día, que hace de enlace para coger el autobús que realmente necesito para llegar a la "Ciudad sin Ley". El bus que me lleva hacia mi destino, hacia un lugar del norte de cuyo nombre no quiero acordarme.
Tenía una cita ineludible a las ocho y media, y una intranquilidad creciente ya que no sabía si llegaría a tiempo. Las distancias en Madrid son tan engañosas... Pero sí, la primera etapa del camino se cumplió con celeridad. Demasiada, ya que al bajarme del primer autobús aún tuve que esperar media hora hasta que llegó el que me llevaría a Nunca Jamás. Ojalá que nunca jamás ocurra algo como lo que ocurrió allí.
Una vez llega el autobús, el segundo del día, el definitivo, me preparo para un viaje de media hora cuando aún es noche cerrada. No se ve nada más que el trazo de carretera iluminado por las luces cortas. Nada a la derecha, nada a la izquierda. Sólo una profunda oscuridad mientras recorremos una carretera que serpentea descampados. Ninguna luz de ciudad alrededor. A la media hora ya se vislumbran las luces de las farolas de la Ciudad sin Ley, y me preparo para finalizar la segunda parte de mi recorrido en tiempo récord: una hora de adelanto sobre el horario estipulado. Ahora, mi siguiente misión es encontrar el punto exacto de reunión.
Me las prometía muy felices, pero no hay nadie a quien pueda preguntar dónde queda el "Lugar X". Ni un ruido por las calles, ni siquiera los ladridos de los perros que despierten al vecindario. Nada por aquí, nada por allá, ¿dónde está la gente? ¿Dónde está mi tercera y definitiva parada? Intuitivamente subo una cuesta siguiendo la estela de las farolas. Es una calle que no hace más que subir hasta que al final quedo de frente ante un descampado que vuelve a dejarme a oscuras. Durante el camino oigo pasos detrás de mí, pero ninguna silueta. Lejos de asustarme, estoy ebrio de ganas de encontrarme un rostro humano a quien preguntar indicaciones. Pero no hay suerte.
A lo mejos oigo ruido de coches, y allá que me dirijo. Es una carretera de doble sentido, con varios carriles, y enfrente un par de edificios que pueden ser lo que estaba buscando. Pero, ¿cómo hago para cruzar la carretera? Tras diez minutos caminando por el barro de un parque para no adentrarme en la carretera, encuentro una pasarela. El viento azuza con ganas, pero no hay otra forma de cruzar. Y sí, los edificios son mi lugar de encuentro. Al llegar con tanto tiempo de adelanto, las puertas no se abren y toca esperar.
A una hora (más) prudencial vuelvo a llamar a la puerta, titiritando de frío. Lejos de escuchar únicamente el ruido de la apertura de puertas, al celador se le escapa un "Joder, ya dando el coñazo tan pronto por la mañana". El Jefe de Estudios sale a "recibirme" como un jefe indio a un rostro pálido. Según él, yo debería haber ido a trabajar el lunes, hoy estamos a jueves y es cuando aparezco. Lógicamente, su cara no transmite un derroche de alegría. Pero voy armado y soy peligroso: mis papeles de la baja médica aseguran que yo no debería estar allí y que nuestro duelo no tiene ningún sentido. Hoy no, Jerónimo.
Sin embargo, el gran jefe indio, sin previo aviso, me pone unos cuantos libros de texto en los brazos y con gestos que en su tribu serán normales, me dice que entre en clase, que los chavales me están esperando. Pero yo sé que no debo estar allí. Sé que no debo entrar en clase. Sé que no debo trabajar. Pero allá que voy, allá que entro en clase pero me niego a explicar ni a presentarme. Actúo como un profesor de guardia cualquiera, cuidando de que el rebaño de adolescentes no monte escándalo en esa hora. Así hasta la última hora de la jornada. ¿Objeción de conciencia? ¿Tocapelotamiento? ¿Soy mala persona?
Tras escuchar lindezas como que me estoy aprovechando del Estado, que voy de sobrado, que para estar así mejor no ser profesor, que no valgo... tras el consiguiente rebote que me hizo contestar verduleramente... tras presentar los papeles de una baja médica que ellos obvian completamente... mañana toca volver a la Ciudad sin Ley. ¿Será el último día? ¿Pese a estar en un lugar con leyes propias, acabarán aceptando que una baja laboral es una baja laboral? ¿Tendré que volver a apatrullar las aulas? Si vuelven a obligarme a ello, iré pensando en poner una demanda. No es justo que jueguen con uno de esta forma. No es justo que le hagan sentir un bicho, una mala persona sin tener culpa alguna. No es justo tener que estar así de pendiente del puesto de trabajo (aunque sea de interino), dado que si te pones malo, con o sin papeles de baja, quieren borrarte de los listados. Borrarte del mapa.
Pero mañana volveré a ir armado. Con los libros, para dejarlos allí para siempre. Con los papeles nuevos de mi médico, que también se ha agarrado un cabreo de impresión. Y con espuelas. Mañana no me torean. Mañana seré yo quien meta a Jerónimo en la marmita. El rostro pálido saldrá airoso de la Ciudad sin Ley. Porque la Ley es para todos, incluso para los jefes indios malhablados.
martes, 21 de noviembre de 2006
8. Quédate
Yo creo que siempre ha sabido que sin ella al lado yo la cagaba sin parar. Por eso solamente me dejó cuatro años pifiándola, hasta que decidió nacer.
Niña, no hay nadie como tú. Y menos mal, no creo que este mundo superase el hecho de tener varias como tú. Mejor una sola. Y mejor que todo, cerquita de mí.
Desde pequeñitos, te erigiste en mi estilista personal. Por ahí dicen que aún debes retocarme el peinado. Cuando mamá me besa fuerte en días ventosos, los pelos se me quedan horribles. Tú lo sabes, aprovechas mis pintas para sacarme fotos. Te devuelvo la gracieta en forma de cosquillas. Te gusta reír, y hacer reír. El mundo sería más amable con gente como tú. Pero mejor una, y cerquita de mí.
Cerquita de mí, de críos nos daba por hacer carreras de puzzles, ¿te acuerdas? Estaba acostumbrado a ganarte, hasta que un día me metiste una paliza que se me quedó cara de estúpido. Habías acabado tu puzzle en tiempo récord. Luego supe que te habías tirado gran parte de la noche anterior escribiendo los números por el dorso de las fichas. Así cualquiera, Cris. Claro que lo tuyo siempre fueron los números... y los chicos. Pero eso es harina de otro costal.
De un tiempo a esta parte, nos hemos puesto más serios y hacemos puzzles sin afán de competir. El último puzzle que estamos haciendo es entre los dos, y está recién empezado. Decidimos que, en vez de rehacer el puzzle de nuestras vidas con los cachitos desperdigados y piezas clave que faltaban, en vez de eso, íbamos a hacer un puzzle nuevo. Pero los dos, cerquita el uno del otro.
Tengo que decir que las aventuras vividas así son mucho mejores. Contigo al lado, incluso las pifias tienen tufillo cómico. Cuando se me agota el sentido del humor, es el momento en que tú sueltas la carcajada y no me puedo contener la risa. Eres la reina de la risoterapia.
Junto a la lista de la compra que pegamos de la nevera, apunté otra cosa que me es necesaria: Quédate. Quédate muchos años más, muchas sonrisas más, muchos puzzles más.
Pero cerquita.
Niña, no hay nadie como tú. Y menos mal, no creo que este mundo superase el hecho de tener varias como tú. Mejor una sola. Y mejor que todo, cerquita de mí.
Desde pequeñitos, te erigiste en mi estilista personal. Por ahí dicen que aún debes retocarme el peinado. Cuando mamá me besa fuerte en días ventosos, los pelos se me quedan horribles. Tú lo sabes, aprovechas mis pintas para sacarme fotos. Te devuelvo la gracieta en forma de cosquillas. Te gusta reír, y hacer reír. El mundo sería más amable con gente como tú. Pero mejor una, y cerquita de mí.
Cerquita de mí, de críos nos daba por hacer carreras de puzzles, ¿te acuerdas? Estaba acostumbrado a ganarte, hasta que un día me metiste una paliza que se me quedó cara de estúpido. Habías acabado tu puzzle en tiempo récord. Luego supe que te habías tirado gran parte de la noche anterior escribiendo los números por el dorso de las fichas. Así cualquiera, Cris. Claro que lo tuyo siempre fueron los números... y los chicos. Pero eso es harina de otro costal.
De un tiempo a esta parte, nos hemos puesto más serios y hacemos puzzles sin afán de competir. El último puzzle que estamos haciendo es entre los dos, y está recién empezado. Decidimos que, en vez de rehacer el puzzle de nuestras vidas con los cachitos desperdigados y piezas clave que faltaban, en vez de eso, íbamos a hacer un puzzle nuevo. Pero los dos, cerquita el uno del otro.
Tengo que decir que las aventuras vividas así son mucho mejores. Contigo al lado, incluso las pifias tienen tufillo cómico. Cuando se me agota el sentido del humor, es el momento en que tú sueltas la carcajada y no me puedo contener la risa. Eres la reina de la risoterapia.
Junto a la lista de la compra que pegamos de la nevera, apunté otra cosa que me es necesaria: Quédate. Quédate muchos años más, muchas sonrisas más, muchos puzzles más.
Pero cerquita.
7. Creo en las Hadas
Sí, creo en las hadas. Creo que, de hecho, al nacer yo, una de ellas me tomó en sus brazos y me sonrió.
Dicen las buenas lenguas que apareció uno de esos días de invierno para dar un poco de luz a esos días de temprana oscuridad. Vino sin hacer ruido, entre el alboroto del cambio de año y las faenas diarias. Del mismo modo, casi sin darnos cuenta, decidió desaparecer de nuestra visión un cálido día de verano, cuando su llama no era tan diferente a la luz de los días de julio. Cuando la gente vivía con una sonrisa en la boca y disfrutando de momentos felices. Quizá pensó que ella ya había llevado a cabo su misión. Le dio apuro despedirse, y simplemente se fue en un sueño eterno.
Mientras pude verla a mi lado, no dejó ni por un momento de sostenerme en sus brazos. Incluso cuando le fallaban las fuerzas, incluso cuando podía con su paciencia. En los momentos en que eran mis fuerzas las que fallaba, recuerdo que su día empezaba antes de tiempo, justo cuando el mío, para acompañarme en el desayuno. Para no dejarme solo. Para enviarme un día más al mundo con fuerzas y su sonrisa. Con su beso de despedida en la puerta. "No escatimes un beso", me decías, "nunca sabrás si es el último que podrás dar". Reconozco que a veces temía volver a casa y que mi hada se hubiera ido. Por si no había más besos. Por si no había más desayunos compartidos. Por si no había más despedidas en la puerta. Por si no podía con el mundo sin ella.
Desde que se fue, mi fe en las hadas flaqueó. Como todo en mí.
Sí, sé que tienes razón. Me lo dices últimamente, que no te has ido. Que estás en el roce del viento en mi mejilla. Que estás en mi vello de escarpia y en mi garganta irritada. En mis sonrisas, y en mi corazón cuando se ensancha. Cuando se hace pequeño, tampoco quieres perdértelo. Pero no te veo. Mi fe en las hadas flaquea, lo sabes. Tengo miedo de que, una vez que yo también me vaya, no haya un mundo de hadas donde pueda darte el penúltimo beso. Cada día uno, o a cada momento. Siempre el penúltimo.
Tengo miedo de no volver a verte. Pero también tienes razón en una cosa. También escatimo en flores, y eso sí que está feo. Cambiar flores y recipiente de año en año es como empezar un día escatimándote el beso en la puerta. Prometo visitarte y dejar que recorras mi mejilla en forma de brisa, aunque allí hace un frío del carajo. Sí, siempre fui friolero y te metías conmigo. No entendías que viviera entre capas de abrigo. Ahora es tu abrigo el que busco. Y ahora, prontito, si me dejas, te pondré guapa. Siempre que pueda.
No dejo de pensar en ti. Tú estás en forma de viento. Y yo sé que tú también me llevas contigo. Te quiero. Siempre.
Dicen las buenas lenguas que apareció uno de esos días de invierno para dar un poco de luz a esos días de temprana oscuridad. Vino sin hacer ruido, entre el alboroto del cambio de año y las faenas diarias. Del mismo modo, casi sin darnos cuenta, decidió desaparecer de nuestra visión un cálido día de verano, cuando su llama no era tan diferente a la luz de los días de julio. Cuando la gente vivía con una sonrisa en la boca y disfrutando de momentos felices. Quizá pensó que ella ya había llevado a cabo su misión. Le dio apuro despedirse, y simplemente se fue en un sueño eterno.
Mientras pude verla a mi lado, no dejó ni por un momento de sostenerme en sus brazos. Incluso cuando le fallaban las fuerzas, incluso cuando podía con su paciencia. En los momentos en que eran mis fuerzas las que fallaba, recuerdo que su día empezaba antes de tiempo, justo cuando el mío, para acompañarme en el desayuno. Para no dejarme solo. Para enviarme un día más al mundo con fuerzas y su sonrisa. Con su beso de despedida en la puerta. "No escatimes un beso", me decías, "nunca sabrás si es el último que podrás dar". Reconozco que a veces temía volver a casa y que mi hada se hubiera ido. Por si no había más besos. Por si no había más desayunos compartidos. Por si no había más despedidas en la puerta. Por si no podía con el mundo sin ella.
Desde que se fue, mi fe en las hadas flaqueó. Como todo en mí.
Sí, sé que tienes razón. Me lo dices últimamente, que no te has ido. Que estás en el roce del viento en mi mejilla. Que estás en mi vello de escarpia y en mi garganta irritada. En mis sonrisas, y en mi corazón cuando se ensancha. Cuando se hace pequeño, tampoco quieres perdértelo. Pero no te veo. Mi fe en las hadas flaquea, lo sabes. Tengo miedo de que, una vez que yo también me vaya, no haya un mundo de hadas donde pueda darte el penúltimo beso. Cada día uno, o a cada momento. Siempre el penúltimo.
Tengo miedo de no volver a verte. Pero también tienes razón en una cosa. También escatimo en flores, y eso sí que está feo. Cambiar flores y recipiente de año en año es como empezar un día escatimándote el beso en la puerta. Prometo visitarte y dejar que recorras mi mejilla en forma de brisa, aunque allí hace un frío del carajo. Sí, siempre fui friolero y te metías conmigo. No entendías que viviera entre capas de abrigo. Ahora es tu abrigo el que busco. Y ahora, prontito, si me dejas, te pondré guapa. Siempre que pueda.
No dejo de pensar en ti. Tú estás en forma de viento. Y yo sé que tú también me llevas contigo. Te quiero. Siempre.
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