Con los humanos, sin embargo, esto no ocurre. De una misma situación existen tantos puntos de vista como personas implicadas. Cada hecho fue vivido por cada uno como algo diferente. Hacer un puzzle intentando cuadrar todas las distintas opiniones bajo una sola es toda una hazaña. Quien lo intente será carne de pasarela, y luciría las nuevas tendencias para el próximo invierno: una ceñida y blanquísima camisa de fuerza de Gaultier, con zapatos de Manolo Blahnik a juego. Loco de atar.
Creo que nadie debería poder exigir un posicionamiento a alguien que es ajeno a una historia. Si el posicionamiento fuese a nuestro favor, es cierto que nos sentiríamos mejor, ayudaría a no sentirnos los malos de la película. Sin embargo, ¿hasta qué punto vale lo que opine aquél que ve la situación desde un caleidoscopio en el que ya no aparecen las mismas imágenes, sino una multiplicidad de imágenes diferentes? ¿Hasta qué punto es fiable su conclusión? ¿Hasta qué punto se le puede pedir una conclusión?
El caso es que ayer me metí en un lío por una historia que no era la mía. Entendí que la amistad es estar ahí, acompañando, y que por mi bien voy a optar por declinar las invitaciones a zambullirme en esa historia. No quiero saber. Quiero que el uno esté bien, y quiero seguir disfrutando de las conversaciones del otro.
Lo peor es que pienso que posiblemente esta conclusión no haga mucha gracia a nadie. Es mi forma de entender la amistad o las relaciones humanas. No tengo calidad ni capacidad para ser juez; tampoco soy lo suficientemente listo como para distinguir la verdad de las cosas. Con el tiempo, supongo que se verá qué tipo de amistad vale más la pena: si la del que da la razón o la del que acompaña.